Seleccionado en la 13ª Bienal de Arte de la Fundación Martínez Guerricabeitia. Valencia (España) 2016

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El artista Jose Luis Puche ha sido seleccionado en la 13ª Bienal de Arte de la Fundación Martínez Guerricabeitia cuya temática en esta ocasión ha sido  “Superstición y Manipulación”, y que podrá verse desde el 11 de marzo al 1 de mayo en el Centre Cultural La Nau de la Universitá de València. C/Universitat, 2 – 46003 València. Horario de la sala: De martes a sábado de 10 a 14:00 y de 16 a 20 h. Domingos de 10 a 14 h. Lunes cerrado.

 

Texto de Iván de la Torre. (Comisario, Crítico de Arte y Profesor universitario de Historia del Arte)

 

Buey-demonio Espíritu-serpiente toma su título de un lema que la dictadura maoísta aplicaba a los traidores ideológicos, a cualquiera que fuese considerado contrarrevolucionario, revisionista, reaccionario o, simplemente intelectual. El procedimiento para la “recuperación” de esta parte de la sociedad pasaba por la realización de trabajos y estudios forzados, para lo cual se habilitaron recintos carcelario de reeducación que fueron convenientemente denominados “establos”. Paradójicamente, el régimen chino tras el fracasado Gran Salón Adelante que pretendía avanzar hacia la industrialización del país, que propició la puesta en marcha de la no menos cuestionable Revolución Cultural, miró atrás, hacia la tradición, tomando de la mitología popular dos iconos reconocibles (Gozu, cabeza de buey sobre cuerpo humano, guardián del inframundo; y Bai Suzhen, la Dama Blanca, serpiente que se transforma en mujer para engañar al hombre) como emblemas contra la defección política.

 

El discurso en la obra de Jose Luis Puche siempre alcanza distintos parámetros de lectura y parte de una des-contextualización (y posterior re-contextualización) compleja que no afecta únicamente a las imágenes, sino que trasciende (y desciende) hasta la significación de las simbolizaciones que entran a formar parte de la escenografía y de lo escenificado tanto cuanto de aquella ambientación histórico social que se infiltra en los usos del lenguaje y la palabra. La imagen seleccionada, un Richard Nixon aún pletòrico y seguro de sí mismo, único presidente de los EEUU dimisionario, apela al escándalo Watergate y permite reflexionar sobre cómo el poder, que incisamente pretende gestionar toda información y manipularla en su beneficio, se ve arrinconado ante un hecho intrascendente, un simple rumor, que termina por hacer caer toda una red de mentiras sobre la que se sustentaba al tiempo que perdía el control sobre los canales y los medios de comunicación.

 

Puche fuerza los ditirámbicos espejos hasta hacerlos estallar, lo que nos devuelve un reflejo fraccionado del presidente, del micrófono, alusión a las redes de comunicación cercenadas y al carita, voluble estado de opinión cuyo destino siempre termina en manos del azar. El espejo es elemento de complejo simbolismo, referente de la conciencia del mundo y de la capacidad para su autocontemplación, por lo que su rotura es vista como supersticioso signo de infortunio. La casa, por su carácter de vivienda, de hogar completo, se asimila fácilmente con el cuerpo y el pensamiento humano. Un edificio construido con los restos de blisters de medicamentos vacíos (recurso de simbolización que ya aparecía en obras anteriores como I belong here o Duluth) parece remitir a una conciencia social adormecida, drogada por el bombardeo informativo que emana del poder establecido. Buey-demonio espíritu-serpiente se nos presenta como una alegoría de la manipulación, en la que la palabra se establece como canal político de embaucamiento de las masas, como una suerte de potente sortilegio cuyo efecto lenitivo y estupefaciente es capaz de narcotizar la voluntad de toda la sociedad.

Entre los múltiples mecanismos que hacen juego, íntimamente recambiados hasta llegar a ser irreconocibles, en la obra del artista, tal vez sea la manipulación de las propiedades que sustentan la condición de verosimilitud de la imagen visual (y que dotan a ésta de su particular carácter revelador), aquella que determina mejor sus intenciones. Proceso que culmina con su inmediata subversión y consciente transformación en arquetipo irónico que funciona dentro de una despliegue narrativo particular, a medio camino entra la fabulación fantástica y la revisión histórica. No es menos importante, al auscultar  las intenciones inscritas en el proceso creativo, reseñar su voluntad por turbar las convicciones del espectador a través de la consciente ocultación del mensaje tras estrategias de recarga significativa y subliminal técnica.

 

Durante el último lustro ha ido abandonando progresivamente el color, optando por un dibujo monocromático al carbón graso al cual ha sido capaz de extraer, desde la exigencia técnica, toda su fuerza dramática. En el mismo orden, las composiciones han aumentado en complejidad barroca al tiempo que la narración ganaba en enigma al quedar el eje temporal -en cual parecen desarrollarse distintos acontecimientos en paralelo- suspendido en la indeterminación. En Invincible, pieza en la que perdura un cromatismo sutil, de musicalidad incidental, la posibilidad de engañar al ojo que comparten la prestidigitación y las artes plásticas, se fusiona con la posibilidad de enfrentarnos con nuestros miedos a los desconocido.

 

Los paradigmas del arte y de su historia son tratados en unas ocasiones com material apoyo en los juegos creativos de la deconstrucción histórica tradicional, en cuanto al paradigma útil para su propia justificación. Si en obras como Foreign [2014] el icono de la Ofelia shakesperiana, pasado por el tamiz visual de Millais, se convierte en oportunidad para transformar a la hija de Polonio en autorretrato de sexualidad andrógina, el drama hamletiano transmuta también en la parábola donde la muerte se contempla como satadio de transformación, y el arte, como espacio de libertad interpretativa. En Winckelmann [2015], la figura del historiador del arte suizo, casi marionetista, que sostiene un busto de venus clásica y una efigie egineta, inicia una suerte de espectáculo narrativo al que asisten múltiples representaciones de Marcel Duchamp. Nadando en el mar de las dudas, el artista escéptico y revolucionario, el antiartista de las mil facetas, parece asistir receloso a la explicación de quien transformó la historia del arte al enmarcarla en un proceso lineal dividido en fases consecutivas equiparables con el devenir vital.

 

Escrutando las imágenes que ha ilustrado convenientemente a través de los medios de comunicación, la historia oficial y ortodoxa del mundo contemporáneo, y que han condicionado nuestra relación socipolítica con la realidad, el creador andaluz fija su atención en los pliegues de aquellos menos conocidas, en los personajes secundarios, en los escenarios acartonados. Examina las miradas furtivas, las naturalezas muertas desechadas, las imposturas interesadas, las defecciones que emergen desde la mueca incontrolable… Toda imagen, en su afán por presentar y afirmarse en esa representación, dice y se desdice mucho más de lo que pretendiera. Sólo hay que detenerse y observar. Y Jose Luis Puche bien lo sabe.